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‘¿Y estos, quiénes son?’

Isabel Romero Jiménez · «¿Y qué hacen esos jóvenes ociosos en medio de la plaza?», preguntó un señor un tanto interesado. «Son los del movimiento 15-M». «Ah, ya… ». Y el hombre se marchó sobre sus pasos sin haber experimentado la menor emoción.

Los jóvenes permanecían ajenos a los transeúntes, comentando entre ellos sus inquietudes y reivindicaciones, cuanto les indigna.

«¿Y sabe usted que piden estos?», se oyó decir. Entre permanecer atenta a los comentarios de la gente y escuchar a los jóvenes, opté por lo segundo.

No, no son violentos, ni han venido a organizar un botellón, ni a enfrentarse por la fuerza. Pero verlos juntos da un poco de vértigo, sobre todo a los que ya perdimos la vitalidad y nos sobran experiencias, a cuantos traspasamos la gloriosa cima de los cincuenta. Esta parece ser una edad claramente olvidadiza: recordamos solo lo trabajadores que hemos sido, el sacrificio de estudiar el bachillerato en el horario nocturno, nuestra generosidad de hijos al enviarle parte del sueldo a nuestros padres que quedaron en el pueblo, cuanto luchamos contra el franquismo; lo demócratas que nos volvimos en un abrir y cerrar de ojos… En fin que, según reza, hemos sido la generación perfecta. Padres sacrificados para que nuestros hijos fueran ingenieros, periodistas, bioquímicos, veterinarios…

«Vaya, como que no les ha faltado de nada, se han criado como auténticos reyes, no conocen las calamidades… Pero a ellos les da todo igual; les preocupa, únicamente, la diversión, son egoístas…».

«Déjalos, mujer, pobrecicos ellos. Pero si no tienen trabajo, si tampoco pueden emanciparse de sus padres, si los que trabajan apenas les da el dinero, si hacen cuanto pueden, si se han desgastado los codos en la universidad y son «los más cultos», si se marchan a la aventura para perfeccionar el inglés, si ejercen de voluntarios en organizaciones humanitarias; si, a pesar de todo, intentan adaptarse…».

«¡Pues eso es lo que no deben hacer, adaptarse!. Que no, que no se duerman, que no se conformen, que griten, que se les oiga, que despierten de una vez de esa modorra impuesta, de esa rutina que el sistema les impone ya desde pequeños, que miren sus manos aún sin arrugas, prestas para acariciar la piel del mundo, que escuchen los impulsos de su joven corazón, que no se dejen manipular, que son ellos los que deben decidir, que en sus manos está la fuerza para girar el rumbo de esta sociedad impasible, que utilicen las armas de la cultura, como las únicas válidas, para tirar por tierra valores sin sentido, sistemas que no valoran el esfuerzo sino el dinero y el enchufismo; que se unan, que abarroten las calles y las plazas, colmen los paseos… Que sean ellos los verdaderos líderes, e hilen en la rueca de esta sociedad caduca aferrada aún a ideas ancestrales que nada tienen que ver con ellos, nuestros jóvenes.

Y ya que nuestro afán fue el de hacerlos productivos, confiemos al menos en ellos, dejémosles el timón que a nosotros ya nos pesa, nos guíen a buen puerto; que sean ellos los verdaderos artífices de una sociedad renovada, justa y en paz.

«¿Pero estos no son los del botellón?», insistió uno de esos despistados que caminaban absorto en el brillo de sus zapatos. «En absoluto, ¿cómo se le ha ocurrido, hombre? Estos son los del movimiento 15-M». «Pues… moverse, la verdad, no se mueven mucho, ¿no le parece?». Recordaba yo, en ese momento, mis controvertidos años jóvenes, y sí —me dije— admiro el aura de paz que les envuelve. Yo, en mis tiempos, ya me hubiese enfrentado a uno de estos comentaristas callejeros que solo ven lo que sus ojos quieren ver. Porque lo verdaderamente esencial, hay que observarlo con ojo crítico, ¿y por qué no? con los ojos del corazón.