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Le llamaban Jona

Ramón Aguirre · Le llamaban Jona, Jonny, aunque su nombre era Jonathan. Sus padres eran españoles aunque poco originales a la hora de poner nombres. Tenía una hermana que se llamaba Gumersinda, a la que todos conocían como Gumer. La pobre creció acomplejada sólo por el hecho de llevar ese nombre, similar al del súper-héroe del cómic…

Jona tenía doce años, aunque como se juntaba con chavales mayores, estaba muy resabiado y maduraba deprisa, las circunstancias lo exigían. Tenía desparpajo, labia, algo de caradura y era bravo.

Jona o Jonny, le llamaban de las dos formas indistintamente, cursaba segundo de la E. S. O., pero más de un día y más de dos hacía toros y se iba con la panda a gamberrear por ahí. Iban a los billares, a coger membrillos y la mayoría de los días se enfrentaban con los gilipollas del pueblo de al lado en el cerro que unía ambos pueblos. Se tiraban piedras, se insultaban y las más de las veces llegaban a las manos.

Un domingo, en el que los futbolines estaban abarrotados, Jonny y sus colegas estaban en mitad de un pierde-paga cuando entró un tipo bastante peculiar con un lobo atado de una cadena. Tenía treinta y tantos, quizás cuarenta y le conocían como el Petas.

El Petas era un bravucón del pueblo de al lado, al que adoraban en su aldea y temían los del pueblo de Jonny. Era tío del Joshua (otro con nombre peculiar).

Jona desconocía el alcance de su pedrada. Pronto se lo haría saber el tío del accidentado.

Los chiquillos que jugaban en las máquinas, billares y futbolines, nada más ver al Petas con el lobo, salieron corriendo a destajo, sin importarles dejar sus partidas a medias.

Ante tanto alboroto el dueño de los futbolines se dirigió hacia el Petas, pero le metió tal hostia que lo tiró del impacto y lo dejó medio noqueado.

Todos se habían largado, incluso los colegas del Jonny.

– Qué pasa Jonny, tan valentón como siempre, eh?

– Tu sobrino se lo merecía.

– ¿Ah sí?

– Sí -respondió envalentonado.

– Pues tú también te mereces lo tuyo -dijo el Petas.

– Adelante -pronunció Jona con una serenidad impropia de su edad.

Se remangó la camisa y se preparó para la envestida del lobo que gruñía al tiempo que salivaba por su mentón. Saltó hacia nuestro protagonista, que lo esquivó en un alarde de reflejos tipo Matrix. El lobo se estrelló contra el potente ventilador rotatorio de la pared, su cabeza se hizo jirones al tiempo que crujía, salpicando todo de sangre. Cayó fulminado con la cabeza destrozada.

El Petas no se esperaba aquello y por un momento vaciló, aunque se reincorporó de inmediato. Sacó una navaja y dirigió sus pasos hacia su enemigo, éste, que conservaba en sus manos el taco de billar, reprimió el envite, al tiempo que se apartaba golpeó en la cabeza al Petas.

Por los cristales los chavales observaban atónitos el desenlace del enfrentamiento.

El tío del Joshua se levantó sacudiendo la cabeza, pero recibió de nuevo otro golpe en la espalda y una patada en los morros cuando intentaba reincorporarse.

Mientras tanto, el dueño del local, que se estaba recuperando del tremendo puñetazo, cogió al Petas de la chupa de cuero y lo echó a la calle -¡y no vuelvas! -le gritó.

Los chavales estaban asombrados del valor del Jona y éste consiguió el respeto en ambos pueblos, e incluso algunos decían que el de toda la comarca.