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El día que Verónica vio una lechuza

Verónica nunca había visto una lechuza. José González Ortiz · Verónica nunca había visto una lechuza. ¡Bueno sabía algo de ellas por las fotografías y el Internet! por eso cuando alguien le habló que en el terreno donde tenía una casilla cerca de Ciudad Real volaba una por la noche, se le metió la idea -entre ceja y ceja- de apostarse en vigilia para verla cuando ésta se deslizara como una silente cometa entre las sombras.

El que le dio la información ya la había visto por tres veces. Se trataba de un vecino colindante que poseía un perro díscolo y exaltado que al verla pasar en vuelo rasante en vez de ladrar gemía y suspiraba, temblaba nervioso y excitado, posiblemente atraído por el vuelo sigiloso de aquella misteriosa ave que se le parecía como un paño blanco que el viento había robado mientras se secaba y lo mecía de un lado a otro en el silencio de la noche. Aquel hombre también le advirtió que tuviera cuidado si se apostaba entre los olivos, pues las lechuzas se beben el aceite, sobre todo cuando se cuelan en las ermitas y succionan el elixir oleoso destinado para cebar las mariposillas de luz con las que alumbran a los santos y que también entre las aceitunas buscan su alimento. ¡Y que tampoco dejara conejos, hámsteres ni pollitos sueltos pues los mangaban para llevárselos a sus nidos! Ella le aclaró que no disponía de tales animalitos y que por el momento, además de atender a sus perros Lino y Kucas y a su gata Doly, estaba criando unos vencejos nidífugos que unos compañeros del trabajo le habían llevado.

Y efectivamente en aquella espera vio una lechuza y aquel día lo recordaría siempre. En un primer momento, cuando la luna se hallaba colgada en medio de la noche como si fuera un orondo globo de plástico escapado a un abúlico globero, sintió un tenue aleteo que parecía el batir de alas de una mariposa, después la percibió deambular como una sombra que se deslizaba burlona entre los árboles y hasta que vio dos luciérnagas brillantes que la miraban. Eran dos ojos que flotaban tras una máscara de plumas. Una lechuza blanca y anaranjada se hallaba posada frente a ella, sobre la copa de un olivo al que meses antes le había segado las varetas con una afilada navaja de Albacete. Se clavaron las miradas recíprocamente transmitiéndose además de empatía, condescendencia, admiración, cariño y afecto. Verónica era puro sentimiento y una pajarera irredenta.

Verónica subyugada tomó su teléfono portátil y la inmortalizó. Sintió un gran orgullo al haber atrapado a aquella soberbia lechuza que a la luz de la luna parecía un hada en miniatura. Un ser extraordinario que volaba y volaba siguiendo la veleidad de los vientos o bailaba la mágica danza que le impelía la luz astral. La lechuza tranquila ni se inmutó, para eso era la reina de la noche. El ave se limitó a observarla y a posar su virginal y etéreo cuerpo de plumón ante la absorta humana que tan embelesada la miraba. Verónica ufana pensó enseñar aquella instantánea como si fuera un preciado trofeo a sus conocidos, de otra forma igual no la hubieran creído.

Pasaron unos minutos y cuando la lechuza extasió a la sorprendida Verónica, se descolgó del olivo y planeando se deslizó unos metros dirigiéndose hacia unos chaparros por donde había oído un sugerente ruido. Era un ratoncillo que roía una pringosa aceituna. Sobre él se abalanzó. Al mismo tiempo que la lechuza buscaba al huidizo roedor, entre aleteos y saltos, apareció el perro del vecino que codicioso había observado a la rapaz desde un seto cercano. Éste obsesionado y ansioso se lanzó sobre aquel pájaro extraño que lo perturbaba con ánimos de atraparlo y triturarlo entre sus fauces. Verónica alertada corrió gritando y espantando al can justo en el momento que a la lechuza acorralaba y a la que libró por unos segundos de perecer a dentelladas. La lechuza aprovechó la confusión del perro y renqueando levantó el vuelo y se posó en el tejado de la casita de Verónica. Allí recompuso su plumaje y observando a su benefactora le guiñó un ojo, después voló sigilosa y resabiada.

Epílogo

Pasó el tiempo y siempre que Verónica regresaba a su remanso de paz buscaba entre las sombras a su lechuza, pues aquella lechuza ya era suya, se le había quedado prendida en el alma y también en la instantánea que tenía grabada en su teléfono, pero de aquella lechuza no se veía ni rastro de tan mala experiencia que tuvo con el dichoso perro.

Un día de verano, Verónica a través de la ventana de su casita contempló que la luna oronda y rutilante se hallaba colgada nuevamente en medio de la noche y oyó como un perro en la lejanía gemía y suspiraba. Cerró la puerta y se dirigió al auto con ánimos de regresar a Ciudad Real. En una última observación recorrió su vivienda para cerciorarse que las ventanas estaban cerradas y ninguna luz se había quedado encendida. De pronto detuvo la mirada sobre el tejado y allí vio que había seis lechuzas que curiosas la escrutaban y como una de ellas -la mayor- le guiñaba un ojo insistentemente. Verónica  se alegró y dibujó una bella sonrisa en su rostro, después sorprendida miró a la luna por si esta por algún misterioso arte de birlibirloque había tenido también descendencia.