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E.O.D.L.O. II (EODLOS)

Ramón Aguirre Ramón Aguirre · En un alto del camino, el adolescente imberbe espera bajo el agobiante sol de la tarde, un motivo para continuar su camino. Se pregunta hacia qué lugar sus sueños van, y el ocaso es su enemigo, enemigo eterno que se repite día tras día…; en sus elucubraciones por encontrar la senda del mejor trayecto hacia un futuro mesurado, un futuro halagüeño y positivo… Mientras tanto, espera tranquilo el autobús.

El autocar ya pasó, pero él no quiso subir, ante la mirada atenta, infinita y sorpresiva del conductor, primero, y de los pasajeros después uno tras otro, tras las ventanillas todos con la boca abierta y los ojos como platos. Quizás hizo bien en no subir. En su memoria apareció como un flash el recuerdo del relato, que unas horas antes habían leído en la clase de Lengua y Literatura: El Extremo Opuesto Del Lado Oscuro, de un autor cuyo nombre no recordaba. Puede que aquel relato y el hecho de que lo leyera Fabián ¾chico místico donde los haya¾, también conocido como El Iluminado, pudiera haber provocado el desencadenamiento de un efecto similar en aquella situación en la que se encontraba.

Tenía una extraña sensación, un presentimiento incombustible, que hasta le parecía posible que aquella extraña historia pudiera haber cobrado vida. No obstante, él no había creído nunca en asuntos de los que sin duda, Fabián era todo un experto.

Sin embargo, en aquel momento, dudó de sus propias convicciones, nunca había creído en supersticiones y en general sus creencias eran totalmente empíricas. Su razón le indicaba el camino y aunque se encontraba en la “edad del pavo”, era un chaval muy despierto e inteligente. Así lo afirmaban sus excelentes calificaciones, el crédito que sus profesores le daban y cercioraba su elevado coeficiente intelectual, muy por encima de la media.

Pero todo esto no era acicate para explicar lo que le estaba sucediendo, no había cogido el autobús ¾probablemente un acierto¾. El sol se estaba poniendo en el horizonte, bonito contraste de luces anaranjadas, azules, malvas y blancas… Decidió seguir caminando por la carretera, aunque el próximo pueblo se encontraba a unos quince kilómetros. Era más que evidente que le iba a caer la noche.

Pensaba que no pasaría ningún coche, puesto que aquella carretera era muy poco transitada; pero, a los pocos minutos, empezaron a pasar muchos coches a toda velocidad, pegó un salto hacia la cuneta con la mala suerte de tropezar y darse un golpe en la cabeza con una piedra. Perdió el conocimiento.

Cuando recobró la consciencia, a su alrededor tenía a un montón de Eodlos, que le miraban con esos ojos desorbitados de los que hacían gala, y ese rostro congelado en el tiempo y el espacio. Mientras tanto, no paraban de pasar coches y más coches por aquella carretera tan solitaria siempre, menos aquella noche… La luna llena brillaba inmensa en lo alto del firmamento, y se escuchaba el aullido de un lobo, situado en lo alto de un peñasco y dirigiendo su bramido al cielo, en el eco eterno y etéreo de la noche.

Alrededor de nuestro protagonista, los Eodlos le empujaban hacia el suelo y no le dejaban levantarse, intentando fijar su mirada en la del muchacho para alimentarse de otra alma más… quedamos solamente tú y yo, así es que ya sabes, si no quieres perder tu alma, ni vagar como un Eodlo…

Que no te roben la mirada.

Relato del escritor de Puertollano Ramón Aguirre.

Blog del autor: www.abrazandolaniebla.blogspot.com