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La autora puertollanense Isabel Jiménez Romero adelanta en Oretania la primera poesía de su última publicación

La autora puertollanense Isabel Jiménez Romero adelanta en Oretania la primera poesía de su última publicación Isabel Jiménez Romero · Si hay un instante que hubiese querido congelar, este sería, sin duda, la incontenible emoción de un niño transportado por la magia de un cuento, el poder de imaginar y entablar una real conexión con el mundo de la fantasía. Ese mundo rico y sincero que, a medida que crecemos abandonamos y tachamos de pueril, resulta ser un verdadero elixir para rescatar, de nuevo, los sueños; porque son ellos los únicos capaces de lograr que renazcamos de nuevo cuando la vida comienza a desgastar sus llantas de tanto rodar en el hastío de cada día.

Los niños y su singular algarabía dando sentido al edificio de una escuela, al tobogán de un parque; a las plazas y las calles improvisando escenarios de color. Los niños y su especial intuición para captar el amor de los adultos y también su desazón.

En su inocencia he vuelto a reconciliarme con el niño que extravié en ese vano intento por crecer, y para llegar hasta su pequeñez he debido dejar mis prejuicios de hombre hecho a la vida; abrir de par en par mis brazos de ternura. Trasladarme hasta las montañas azules, escuchar al ladrón de voces, investigar las travesuras del viento, ser golondrina y amar al príncipe, aprender las fórmulas mágicas de todas las pócimas, jugar al escondite o adivinar un conejito en el árbol del patio de la escuela; repetir sus mismas palabras de niños, bajar hasta su altura y enlazar sus zapatos, humedecer mis mejillas con sus besos, ha sido sin duda la más rica experiencia que he experimentado como cuenta-cuentos y mi reciente tarea de apoyo a niños de educación especial.

Sin esa conexión, sin ese lazo invisible pero real, sin el brillo de sus ojitos y su alborozo, sin ese agradecimiento sincero hacia mi denuedo por ser uno de ellos, hubiese sido imposible que yo escribiera estos versos con su lenguaje de niños y el que me dictaba el corazón.

Mientras haya un globo

No se ha de parar

la rueda de la vida,

mientras…

haya un globo,

una risa de payaso

y un rostro encendido

bajo la carpa de un circo

vestido de niño;

y haya

un sueño escondido

en el arco iris de la feria,

un caramelo vuelto a envolver

y una boquita de algodón

“dulce de fresa”.

No se ha de parar

el tiovivo de colores

animado de sonrisas

que se abren sin reparo

al mundo y sus esquirlas.

La rueda de la vida

no ha de pararse

mientras…

una manita se cierre y se abra,

y haya un beso

con cuatro esquinitas,

un cuento y hasta mañana;

y el miedo lo espante

el angelito tras su espalda.

Dejad que crezca

la rosa hasta su hechura.

Mirad, que si el llanto

se va con el globo

para que el niño se calle,

la vida se apaga.

No, ¡no dejéis que se vaya!